En estos últimos años hemos dedicado una semana de las vacaciones para hacer un viaje a las islas, Canarias o Baleares, con el objetivo buscado de romper con el estrés del trabajo, de las ocupaciones cotidianas…
El proceso empieza hacia el mes de abril, visitando la agencia de viajes para pedir un folleto. Si empiezas a mirar más tarde, seguramente te quedes sin la oferta de “niños gratis”, que conviene aprovechar si no quieres que la cosa te salga por un ojo de la cara. Después de elegir fechas, destino definitivo y hotel, siempre hay que cambiar algo: o no hay vuelo para esa fecha, o no hay plazas en el hotel seleccionado, o la isla a la que querías ir se ha hundido en el mar…
Así que, después de pasar por alto esos pequeños inconvenientes y pagar un precio que siempre es más alto de lo que habías proyectado, llegan las esperadas vacaciones.
El hotel y el entorno son bonitos, la piscina guapa y el personal atento. Además, pronto empezamos a entablar una relación con el camarero, la camarera, y… con nadie más: los clientes son suecos, alemanes, ingleses, y bastante tienen con relacionarse entre ellos.
Enseguida nos adaptamos a los horarios de las comidas. Hay que hacer un pequeño esfuerzo por respetar las costrumbres locales del norte de Europa, aunque ¿esto no es el norte de Europa, no?
En los alrededores del hotel hay un ambiente estupendo, y con muchas opciones para hacer cosas originales. Puedes comer algo en una hamburguesería, o en una pizzería, o en un chino. También puedes comprar una cámara de fotos o unas gafas de sol en alguno de los muchos bazares. Aunque si eres de los que prefieres aburrirte visitando un precioso pueblecito costero y comiendo un pescadito recién sacado del mar con papas arrugás, también puedes hacerlo.
En fin, si la habitación del hotel está más o menos bien, y no tienes problemas con el vuelo (que a última hora te cambian, y te obligan a hacer escala y llegar a Bilbao a las 1 de la madrugada, etc, etc), la estancia resulta agradable. Con todo, este año nos vamos a Pirineos.
El proceso empieza hacia el mes de abril, visitando la agencia de viajes para pedir un folleto. Si empiezas a mirar más tarde, seguramente te quedes sin la oferta de “niños gratis”, que conviene aprovechar si no quieres que la cosa te salga por un ojo de la cara. Después de elegir fechas, destino definitivo y hotel, siempre hay que cambiar algo: o no hay vuelo para esa fecha, o no hay plazas en el hotel seleccionado, o la isla a la que querías ir se ha hundido en el mar…
Así que, después de pasar por alto esos pequeños inconvenientes y pagar un precio que siempre es más alto de lo que habías proyectado, llegan las esperadas vacaciones.
El hotel y el entorno son bonitos, la piscina guapa y el personal atento. Además, pronto empezamos a entablar una relación con el camarero, la camarera, y… con nadie más: los clientes son suecos, alemanes, ingleses, y bastante tienen con relacionarse entre ellos.
Enseguida nos adaptamos a los horarios de las comidas. Hay que hacer un pequeño esfuerzo por respetar las costrumbres locales del norte de Europa, aunque ¿esto no es el norte de Europa, no?
En los alrededores del hotel hay un ambiente estupendo, y con muchas opciones para hacer cosas originales. Puedes comer algo en una hamburguesería, o en una pizzería, o en un chino. También puedes comprar una cámara de fotos o unas gafas de sol en alguno de los muchos bazares. Aunque si eres de los que prefieres aburrirte visitando un precioso pueblecito costero y comiendo un pescadito recién sacado del mar con papas arrugás, también puedes hacerlo.
En fin, si la habitación del hotel está más o menos bien, y no tienes problemas con el vuelo (que a última hora te cambian, y te obligan a hacer escala y llegar a Bilbao a las 1 de la madrugada, etc, etc), la estancia resulta agradable. Con todo, este año nos vamos a Pirineos.
Montxo López

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